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Durante décadas, el agro uruguayo pagó caro el costo de acceder a los mercados del mundo. Un nuevo ciclo de acuerdos comerciales abre perspectivas inéditas, pero también impone exigencias de inocuidad que el sector no puede descuidar.

Cada año, los exportadores uruguayos dejan en las aduanas de distintos mercados alrededor de US$ 400 millones en aranceles. Solo la carne vacuna explica la mitad de esa cifra: unos US$ 200 millones anuales que se pagan como peaje por ingresar a mercados que históricamente han protegido su producción agropecuaria. El dato surge de un relevamiento que realiza cada año Uruguay XXI.

Mejorar el acceso comercial ha sido un reclamo histórico de la producción agroindustrial del país. Y quizás por primera vez en mucho tiempo, ese reclamo encuentra un contexto internacional que le es favorable, no tanto por mérito propio sino por las reconfiguraciones que trajo el segundo mandato de Donald Trump, con una guerra comercial que puso en crisis el multilateralismo y obligó a los grandes bloques a redefinir sus alianzas.

En ese marco, los avances concretos empiezan a acumularse. El más tangible en el corto plazo es el acuerdo Mercosur-Unión Europea: en el próximo ejercicio (julio 2026-junio 2027), Uruguay dejará de pagar aranceles por unas 5.700 toneladas de carne vacuna que ingresan bajo la cuota Hilton, un alivio de unos US$ 20 millones anuales.

A eso se suma el mejor precio que podrá obtener la carne uruguaya bajo la nueva cuota europea, que tiene un arancel del 7,5%, sensiblemente más accesible respecto al estándar habitual del mercado comunitario. 

Esta semana también quedó ratificado en el Parlamento el acuerdo con el bloque EFTA —Suiza, Noruega, Islandia y Liechtenstein— que suma preferencias adicionales para varios productos a mercados de alto poder adquisitivo. 

Una oportunidad histórica

La agenda de inserción, sin embargo, va bastante más allá de Europa. La vicecanciller Valeria Csukasi fue la más optimista sobre el momento que atraviesa el país en materia de acceso comercial. En el marco de los 150 años del primer embarque de carne enfriada de Uruguay —evento organizado por la CIF— trazó un panorama que combinó diagnóstico y desafío. "Río revuelto, ganancia de pescadores", graficó, y señaló que el contexto global del comercio coloca al país ante "una oportunidad histórica".

Mencionó el acuerdo UE-Mercosur, el EFTA, el avance de las negociaciones con Canadá, el factible ingreso al Transpacífico y la chance del RCEP como tratados que irán abriendo preferencias arancelarias en mercados de enorme interés, como Japón.

"Si en los próximos dos años pasamos de tener el 30% del comercio mundial con preferencias arancelarias a más del 80%, ¿cómo respondemos si no tenemos carne?", planteó. Y cerró con una imagen que resume el problema de la abundancia: "A veces me dicen en el mundo que la carne uruguaya está toda vendida".

Claro que el camino de la inserción no se agota en aranceles. A nivel sanitario quedan puertas por golpear y barreras por levantar que en algunos casos resultan igual de determinantes que los peajes aduaneros. Un ejemplo concreto: los lácteos uruguayos siguen impedidos de ingresar a varios países de Centroamérica, un mercado de enorme volumen en población y demanda que permanece cerrado por razones sanitarias. Algo parecido pasa con la carne ovina con hueso en Europa. 

Pero el desafío no es solo de acceso sino también de inocuidad: residuos de un garrapaticida dejaron recientemente a un frigorífico (San Jacinto) sin acceso al mercado chino y a otro con una tarjeta amarilla (Tacuarembó), un episodio que debería sensibilizar a todo el arco productivo. Abrir mercados con décadas de negociación para perderlos por un problema de manejo productos es un riesgo que el país no puede permitirse, y donde conviene poner las barbas en remojo antes de que el daño a la reputación ganada a lo largo de su historia sea difícil de revertir.

Los resultados de estas gestiones no se verán todos a corto plazo, salvo casos puntuales como el acuerdo con Europa. Pero se percibe un cambio de era que puede marcar un antes y un después para sectores agropecuarios que se juegan buena parte de su futuro en mejorar sus condiciones de acceso.

El desafío que plantea Csukasi no es menor: si las puertas se abren, habrá que tener producción para cruzarlas.

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